William Adolphe Bouguereau

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domingo, 7 de diciembre de 2014

INTERESANTE DOCUMENTO SOBRE EL MITO DE LA INVASIÓN MUSULMANA: CONQUISTA Y RECONQUISTA CUESTIONADAS

Carmina Fort, Dolors Bramon, Luis Alberto Conget Betore-Ignacio Olagüe, Ian Gibson, Santiago Belausteguigoitia-Emilio González Ferrín
Wenceslao Segura González, José Beneroso Santos
María Jesús López, Felipe Samper y Charif Dandachli
webislam.com

El mito de la invasión musulmana: Conquista y Reconquista, cuestionadas. Mientras, en Tarifa se conmemora la llegada de Tarif ibn Mallik hace 1.300 años

Se recogen varios artículos que dudan de que se produjera una invasión y posterior conquista musulmana de la península Ibérica. Puede citarse, entre otros historiadores, a Carmina Fort, Dolors Bramon, Ignacio Olagüe, Emilio González Ferrín, ... El reconocido hispanista Ian Gibson afirma rotundo, además, que la batalla de Covadonga es un puro mito. Con todo, y como quiera que en Tarifa se evoca estos días la llegada hace 700 años de Tarif ibn Mallik a dicha ciudad andaluza, nos hacemos eco de las actividades desarrolladas en torno al Inicio de la invasión árabe, añadiendo, asimismo, el volumen que bajo ese título aporta las Fuentes documentales de la misma.La llegada del Islam a la península Ibérica, escrito que pone fin a esta selección de artículos, a pesar de que no llega a decantarse por ninguna de ambas hipótesis, sí concede más crédito al cuestionamiento de la posibilidad material y física de una invasión en el estricto sentido del término.
Arcos de herradura de la Mezquita de Córdoba que, como a numerosos arqueólogos desde el siglo XIX, hicieron caer en la cuenta a Ignacio Olagüe que su abundante presencia, desde la península ibérica hasta el Loira en el estado francés, era muy anterior a la ’invasión’ de los musulmanes .
El mito de la invasión musulmana: Los árabes no conquistaron España en el siglo VIII
Carmina Fort, web islam, 13/04/2000
Algunos historiadores cuestionan la versión oficial según la cual el Islam se implantó violentamente en la península, después de una invasión árabe, en el año 711. Argumentan que el Islam ni se impuso ni era ajeno a los hispanos, que lo abrazaron libre y mayoritariamente. En su opinión, la imposición musulmana no fue tal. Se trató de un “invento” promovido por la Iglesia con objeto de encubrir su derrota ante los cristianos unitarios, seguidores del arrianismo que predicó Prisciliano.
¿Ocurrió la historia tal y como nos la han contado? ¿Es posible que, en el siglo VIII de nuestra era, un ejército musulmán cruzara el estrecho de Gibraltar, derrotara a las tropas visigodas y avanzara victorioso hasta el punto de llegar a someter a casi todo el territorio peninsular? ¿Un puñado de bereberes pudo someter a 20 millones de hispanos durante varios siglos? En contra de esta hipótesis tenemos el hecho de que los documentos de la época no contienen referencias a aquella terrible invasión que, de ser cierta, habría supuesto para los peninsulares todos los males inimaginables. Las primeras noticias no aparecen hasta las crónicas latinas y musulmanas del siglo IX, a seis generaciones (150 años) de los hechos que se relatan, cuando el Islam estaba ya firmemente arraigado en la península.
Algunos investigadores, tras comprobar que los musulmanes atribuían a sus correligionarios victorias imposibles y que los cristianos omitían consignar cualquier aspecto de lo que estaba sucediendo en su suelo, concluyen que el mito ha pervivido, contra toda lógica, porque ha interesado mantenerlo. Entre los musulmanes, porque les proporcionaba una pátina de gloria; entre los cristianos ortodoxos, porque encubría ante su propio pueblo lo que en realidad fue un fracaso social y religioso.
La guerra civil que estalló en la Península Ibérica a principios del siglo VIII , explicada como conflicto político y disfrazada más tarde como invasión de potencia extranjera, tuvo su auténtico origen en unos hechos que se remontan a cuatro siglos antes, al enfrentamiento producido entre dos corrientes cristianas: los unitarios o arrianos, que negaban que el Hijo fuera igual al Padre –según premisa, Jesús no era Dios– y los trinitarios, adheridos al dogma predicado por san Pablo, que mantenían que hay tres personas distintas –Padre, Hijo y Espíritu Santo- en un solo Dios verdadero.
Por tanto, para aproximarnos a la verdad de los que sucedió realmente en el año 711, cuando un contingente de guerreros del norte de África, entre los que predominaban los bereberes, cruza el estrecho de Gibraltar, derrota a las tropas visigodas lideradas por Don Rodrigo y se establecen en la Península Ibérica, tendremos que remontarnos al siglo IV.
En el año 325, el emperador Constantino acababa de convocar un concilio en Nicea para zanjar las disputas teológicas que estaban perjudicando al imperio. Fue una fecha crucial, porqu el dogma de la Trinidad se impuso y se incluyó en la religión oficial, mientras que se reafirmaba la excomunión del obispo alejandrino Arrio, que murió en el 336, el día anterior al fijado por el emperador para obligarle a reconciliarse con la Iglesia. Un siglo después, su mensaje obtuvo un eco imprevisible.
El martirio de Prisciliano
Las ideas que Arrio había predicado en Oriente fueron propagadas por Prisciliano en la Península Ibérica y en el sur de la Galia. Este controvertido personaje nació en el seno de una familia senatorial en el 340 –se cree que en Galicia- y comenzó su predicación hacia el 370. Era un hombre culto, ascético, vegetariano y que no hacía distinción entre los hombres y mujeres en cuestión de nombramientos relacionados con el culto, unos principios que retomarán siglos después los cátaros.
Los libros de Arrio fueron quemados y apenas quedan obras de Prisciliano. De los signos externos y sacramentos del arrianismo sólo se sabe, por referencias de sus enemigos, el empleo de alguna forma de tonsura y que el bautismo se realizaba mediante tres inmersiones, quizá en correspondencia con la trilogía <<cuerpo, alma y espíritu>> o <<cuerpo físico, astral y mental>>. Prisciliano tuvo que soportar durante toda su vida pública el acoso teológico y personal de los obispos trinitarias, temerosos de su creciente influencia entre el clero y la población. El último acto de esta historia tuvo lugar en el año 385 en la ciudad de Tréveris, donde el emperador Máximo le hizo acudir para que se defendiera de la acusación de hechicería lanzada por sus adversarios. Hubo un juicio, viciado por intereses clericales e imperiales, y una condena: a Prisciliano le cortaron la cabeza. Fue el primer hereje que sufrió pena de muerte. Curiosamente, el propio emperador Máximo fue ejecutado tres años después por orden de Teodosio.
Unamuno sugiere que quien está enterrado en Compostela no es el Apóstol Santiago, sino Prisciliano, lo cual daría idea de la extensión e importancia que alcanzaron sus doctrinas. Lo cierto es que su ejecución afianzaría el arrianismo en el país. Por otra parte, hacia el año 460 tomó el poder en la península el monarca godo Eurico, quien se convirtió a la fe arriana y truncó así las ambiciones de los que no habían dudado en matar a Prisciliano con tal de acabar con sus ideas.
La abjuración de Recaredo
En el año 587, el rey godo Recaredo se alió con los trinitarios por conveniencias políticas y, en nombre propio y en el de todo su pueblo, abjuró del arrianismo que habían practicado los anteriores monarcas godos. Se prohibió el culto arriano y se iniciaron brutales persecuciones contra sus seguidores y también contra los judíos, quienes hasta entonces habían practicado su religión libremente. Los arrianos de la península y del sur de Francia se sublevaron y tuvieron que soportar durante el siglo siguiente robos, violaciones, asesinatos y reducción a la esclavitud, perpetrados por elementos de la oligarquía goda y del propio clero.
La tensión se rebajó cuando el rey godo Vitiza subió al trono en el 702 y comenzó a deshacer los entuertos de sus antecesores: declaró una amnistía contra los perseguidos y les restituyó sus bienes; detuvo las medidas hostiles contra los judíos y convocó el XVIII concilio de Toledo, cuyas actas, sospechosamente, se han perdido. El grueso de los historiadores opina que fueron destruidas porque eran contrarias al Cristianismo ortodoxo romano. A la muerte de Vitiza, en torno al año 709, todo cambió. La nobleza y los obispos impidieron que su hijo Achila, que era menos de edad, ocupara el trono, y eligieron en su lugar al que la historia ha conocido como Don Rodrigo, un jefe militar afín a sus intereses. Estalló entonces una guerra civil entre los partidarios de éste, probablemente seguidores del Cristianismo establecido, y quienes apoyaban a los sucesores de Vitiza, más comprometidos con las creencias unitarias o arrianas, que veían en Don Rodrigo a un usurpador del trono visigodo.
Al mando de la Bética estaba Rechesindo, el antiguo tutor del hijo de Vitiza. Rodrigo lo mató en una escaramuza y entró en Sevilla sin oposición. Entonces los partidarios de la estirpe de Vitiza, los debilitados unitarios, pidieron ayuda a su correligionario Taric, gobernador de la provincia visigótica de Tingitana (la actual Tánger), en el norte de Marruecos, que había sido nombrado por Vitiza y con cuyo reinado mantenía estrechas relaciones comerciales. Taric era, probablemente, de raza goda, como apunta la sílaba <<ic>>, hijo en lengua germánica. Uno de los jefes militares era Yulián, de origen romano, a quien la leyenda de la invasión convirtió en el traidor conde Don Julián. Taric cruzó el estrecho con guerreros de diversas etnias, integrados en la causa unitaria, entre los que abundaban los bereberes. La presencia de estas tropas no provocó una especial reacción entre la población autóctona, ya que la petición de auxilio a fuerzas extranjeras era una práctica muy corriente en Hispania. Los judíos, que habían sido ferozmente perseguidos por los monarcas godos después de que éstos abandonaran la fe arriana, acogieron favorablemente a los recién llegados.
Los expertos subrayan que sólo un estado puede organizar una invasión militar. Y no existe entonces un imperio arábigo, sino tribus y pequeños caudillos frecuentemente enfrentados entre sí y carentes de gobierno, administración y ejército.
Según el historiados Ignacio Olagüe, <<en las crónicas latinas y bereberes aparecen los godos como un grupo aparte que guerreaba contra un enemigo que no era español, ni cristiano, ni hereje, sino anónimo; es decir, sarraceno>>. Lo que no se podía decir, o lo ignoraba el cronista, era que los godos luchaban contra la masa del pueblo, contraria a la oligarquía dominante.
La Mesa de Salomón
Suponiendo que la batalla de Guadalete no hubiera sido una ficción, el número de fuerzas que intervino tuvo que ser más modesto de lo que se ha contado, y bastante menos la trascendencia militar que se le atribuye. Se dice que Rodrigo murió en la batalla, pero es más probable que fuera expulsado de Andalucía y buscara refugio en Lusitania, donde pudo haber fundado su propio reino, ya que existía en Viseu una sepultura con la inscripción <<Aquí yace Roderico, rey de los godos>>, que todavía se conservaba en el siglo XVIII en la iglesia de San Miguel de Fetal, según el abate Antonio Calvalho da Costa en su Corografía portuguesa.
Entre los hechos increíbles que relatan diferentes textos, encontramos en la crónica bereber Ajbar Machmua un relato curioso. El caudillo árabe Muza, envidioso del éxito obtenido por su lugarteniente Taric en la batalla de Guadalete frente a Rodrigo, embarca a su vez hacia la península con 18.000 guerreros y se enfrenta con Taric por la posesión de una mesa que habría sido de Salomón y que estaba entre el tesoro real godo en Toledo. Como ninguno cedía en sus pretensiones, fueron a Damasco para que el Califa Suleyman se pronunciara a favor de uno u otro. Lo que no sabemos es cuál de los dos se hizo con el preciado objeto, pero el caso es que ninguno de ellos volvió a la península, donde dejaron abandonados a sus 25.000 hombres entre una población hispana calculada en unos 20 millones. Lo que sí vuelve a aparecer en otros documentos es la referencia a la mágica mesa, que contendría el secreto del nombre de Dios.
Dos cronistas árabes se refieren a ella. Al-Macin escribe que <<en el año 93 de la Héjira, Taric conquistó Andalucía y el reino de Toledo y le llevó a Walidi, hijo de Abd el-Malek, la mesa de Salomón, hijo de David, compuesta por una mezcla de oro y de plata con tres cenefas de perlas>>. Su colega, Al-Makkara, le contradice: <<La famosa mesa que Taric encontró, no perteneció jamás a este profeta>>.
Y debe de tener razón, porque de esta mesa dice la Biblia que estaba hecha de madera de acacia y cubierta de oro puro, sin plata ni perlas.
La polémica se remonta al año 70 de nuestra era, cuando el emperador Tito destruyó el templo de Jerusalem y trasladó a Roma sus tesoros. La mesa de Salomón fue depositada primero en el templo de Júpiter capitolio y luego en el palacio de los césares. Los godos, a su vez, saquearon Roma en el 410 y se llevaron las sagradas reliquias judías a Carcasona. En el siglo siguiente, Teodorico el Grande, rey de los godos de Italia y garante de la regencia de Amalarico, salvó a Carcasona del ataque de los francos y decidió guardar el tesoro en la ciudad de Rávena, que ofrecía mayor seguridad. Cuando los godos recuperaron el control de la región, Amalarico, ya rey, reclamó su devolución. Se ignora si fue obedecido.
Este relato que nos hace el historiador Procopio constituye la última noticia que se tiene del tesoro del templo de Jerusalem. No lo encontraron los francos en Narbona, ni los árabes al conquistar Carcasona, ya que un botín de tal valor simbólico se habría reflejado en sus crónicas, que incluyen cuidadosos recuentos de las piezas obtenidas.
En Carcasona se desecó en 1803 un pozo en el que se sospechaba que dormía el tesoro godo. La búsqueda fue infructuosa, pero volvió a intentarse años más tarde, con el mismo resultado.
Pero, regresando de nuevo al siglo IX, veremos que los musulmanes llevaban 140 años en la península, tenían desde hacía un siglo la capital del reino en Córdoba, la más importante y refinada ciudad de Occidente por entonces, con un millón de habitantes, y es evidente que no habían forzado la conversión masiva de indefensos cristianos, ni siquiera hacían proselitismo de su fe ni alardes de su culto. ¿Qué fe seguían entonces los andaluces? Lo más probable es que se tratara del arrianismo tradicional, en discreta evolución hacia el islamismo, que la mayoría de la población acabaría abrazando, igual que adoptó paulatinamente la lengua árabe en sustitución del latín. No hubo imposición, sino lenta seducción. Y no se trataba de una fe extranjera. Asín Palacios y otros arabistas mantienen que el islamismo es una suma de creencias o sincretismo, que tiene en su base lo arriano y lo judaico. Se comprende el respeto de los musulmanes hacia las <<gentes del Libro>>, con las que comparten lo esencial: el sometimiento a un solo Dios con el que pueden comunicarse directamente y desde cualquier lugar.
Incluso los investigadores que respaldan la teoría de la invasión juzgan extraño que un puñado de árabes pudiera influir tan profunda e inmediatamente en 20 millones de hispanos. El historiador Olagüe sintetiza su perplejidad en tono irónico: <<Tuvo entonces lugar una mutación formidable, como se produce en el teatro un cambio de decoración, España, que era latina, se convierte en árabe; siendo cristiana, adopta el Islam; de practicar la monogamia, se transforma en polígama, sin protesta de mujeres. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del Hedjaz (árabe). Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. Los invasores eran 25.000. ¿Qué había sido de los españoles?>>
Se ha querido transmitir la idea de que España era poco menos que un erial artístico e intelectual hasta que la fecundó el Islam. Sin embargo, el historiador Bonilla San Martín apunta que <<el movimiento priscilianista, los trabajos de los concilios de Toledo, las predicciones de los escritores, atestiguan en la España de los siglos IV y V una cultura excepcional. La invasión goda, lejos de sofocar este progreso, la acrecentó y estimuló notablemente>>. De hecho, los estudiosos mantienen que el arte arábigo fue una prolongación del íbero y del visigótico.
El árabe no empieza a generalizarse por escrito en España hasta la segunda mitad del siglo IX. Es entonces cuando florecen las ciencias, la filosofía y la poesía. La rica lengua árabe es el instrumento; el genio lo aportan aquellos que vivían ya en Al-Andalus y los que llegaron como invitados, tanto del mundo islámico como del cristiano, sin distinción de etnias. No obstante, innovaciones arquitectónicas como el arco de herradura no son una aportación arábiga; éste existía en Oriente y puede verse en varias construcciones de España y Francia anteriores al Islam. Tampoco parece obra suya la mezquita de Córdoba, ni nació mezquita. Este templo, bosque de columnas, es incompatible con el culto musulmán y con el cristiano, ya que ambos exigen espacios diáfanos para seguir al oficiante.
En suma, demasiadas incógnitas a la hora de analizar un periodo que fue trascendental para la posterior evolución de la sociedad española y que la historiografía oficial ha catalogado, de forma excesivamente parcial y simplista, como una invasión y una conquista.
El emir de los ojos azules
Se cuenta que Abd al-Rahmán, primer emir de Al-Andalus, que unificó el país bajo su mandato y fijó su capital en Córdoba, en cuya mezquita se hizo entronizar en el año 755, era el único superviviente de la destacadísima familia Omeya, exterminada por los abasíes. Las crónicas musulmanas lo llaman El Emigrado, extraño apodo cuando todos los árabes de España eran igualmente emigrados. No se sabe cómo llegó aquel joven a la península ni cómo adquirió su elevada condición, que defendió con las armas los 30 últimos años de su vida. Aunque era de puro origen semita, la descripción que de él se hace corresponde a un germano: alto, de piel blanca, pelirrojo y de ojos azules, características físicas que heredarían sus descendientes. Ibn Hazam de Córdoba habla de ello en su obra El Collar de la paloma, escrita hacia el año 1030: <<De Al-Nasir y de Al-Hakam al-Mustansir me contaron el visir mi padre y otras personas que eran rubios y de ojos azules. Lo mismo ocurría con Hisam al-Muyyad, Mamad a-Mahdi y Abd al-Rahman al Murtada, pues yo los contemplé y visité muchas veces y vi que eran rubios y de ojos azules. Y lo mismo sus hijos, sus hermanos y todos sus allegados. Lo que no sé es si su gusto por las mujeres rubias era una preferencia connatural en todos ellos o una tradición que tenían de sus mayores y que ellos siguieron>>.
El padre de Ibn Hazam, visir del califa Omeya Hisam II, destronado por Almanzor, defendió siempre el derecho divino de los Omeyas al trono. Ese y otros aspectos ofrecen un curioso paralelismo con la estirpe de los merovingios, también tenida por sagrada. Los merovingios pertenecían a la tribu de los sicambros, aunque ellos se consideraban descendient4s de Troya. Su último rey, Dagoberto II, fue asesinado en el año 679. El autor directo o instigador fue su mayordomo, Pipino de Heristal, que procuró exterminar a los descendientes de su rey. Pero se dice que, hubo un superviviente, el príncipe Sigisberto IV, nacido en el año 676. El nombre de Dagoberto II fue excluido de la historia de Francia para encubrir otra fechoría: la iglesia había logrado la conversión del poderoso rey merovingio Clodoveo en el año 496 a cambio de un pacto que lo ataba a él y a su estirpe a perpetuidad. El pacto fue vergonzosamente traicionado al reconocer la Iglesia a la dinastía nacida de los crímenes de aquel mayordomo, cuyo descendiente más famoso fue el emperador Carlomagno.
De Sigisbetrto IV nada se sabe. Puede que aún viviera cuando Abd al-Rahman guerreaba en Al-Andalus, que incluía parte del sur de Francia. Diversos historiadores afirman que Abd al-Rahman no descendía de los Omeyas, Esta ascendencia habría sido un invención posterior para legitimar la dinastía en España. ¿De quién descendía entonces El Emigrado y de donde llegó en realidad? La ficción genealógica tiene dos causas que a veces coinciden: ocultar la verdadera identidad o ennoblecerse. En aquella época se alteraban los apellidos o se amañaban escudos. Cualquier engaño valía con tal de parecer hidalgo, hijo de godo. O todo lo contrario, porque en la España islámica la manía genealógica era tomar apellidos que enraizaran con el Profeta o sus familiares, como prueba de pureza étnica y religiosa. Emilio García Gómez sugiere que el poeta Ibn Hazam era un cristiano convertido al Islam. Traductores de Ibn Arabi, considerado por los musulmanes como el maestro de maestros, sospechan que le inventaron a posteriori apellidos nobles para encubrir que no era árabe. Hay quien dice que en vida se llamaba Jalil ha-Arabi: Amigo de los Árabes. En Al-Andalus, con el cambio de cultura y de idioma, la confusión, intencionada o no, resultaba inevitable. Así, podemos encontrar autores hebreos citados en las crónicas latinas con nombres cristianos y nombres cristianos arabizados en las crónicas musulmanas.
La reconquista otro mito
<<Una reconquista de seis siglos no es una reconquista>>. Con esta frase zanja Ortega y Gasset la cuestión en su España invertebrada. Tampoco duró seis siglos el intento.Menéndez Pidal escribe en Realismo de la epopeya española, que este ideal de la reconquista aún no había cuajado en el siglo XIII en la mente de los caudillos norteños. <<Ni siquiera en Sancho el Mayor, un rey navarro tan poderoso, hubo ninguna idea de reconquista>>, concluye nuestro erudito historiador.
Mas información
· La revolución islámica en Occidente. Ignacio Olagüe. Publicaciones de la Fundación j. March – Editorial Guadarrama. Madrid 1985.
· El enigma de la Mesa de Salomón. Juan Eslava Galán. Editorial Osuna, Granada 1998.
Andalusíes - 11/11/2007 EFE
La historiadora de la Universidad de Barcelona Dolors Bramon considera que el proceso de islamización del siglo VIII ’nunca fue una conquista’, puesto que la población autóctona, que era una inmensa mayoría, ’se animó y se unió a aquella cultura entonces superior’.
En una entrevista concedida a Efe, Bramon, que ha participado recientemente en unas jornadas sobre ’El Islam y el hecho nacional en Cataluña’, sostiene que ’cuando llegan los árabes en el siglo VIII la proporción es tan desigual, que sin contar con la colaboración de la población que vivía en el territorio no habría podido triunfar el Islam’.
Para la historiadora, ’no hubo ni conquista, ni después reconquista, sino que vino una gente con una cultura entonces superior y la gente de aquí se animó y se sumó, no sólo desde un punto de vista cultural, sino también religioso’.
"La Revolución Islámica en OccidenteIgnacio Olagüe
Luis Alberto Conget Betore, Webislam, 12/06/2006
La invasión de España por tropas árabes que cruzaron el estrecho de Gibraltar al mando de Taric en el año 711, sometiendo a sangre y fuego a la indefensa población hispánica en tan sólo tres años, es una gran mentira, un gran “mito necesario” que interesó fomentar tanto a musulmanes como a cristianos trinitarios, muchos años después de esta fecha, para legitimar su posición de poder, en el caso de los primeros y la invasión de los deseados territorios enemigos, en el caso de los segundos. Al menos, eso es lo que intenta demostrar el investigador español Ignacio Olagüe en su obra La Revolución Islámica en OccidenteObra escrita antes de 1966 que tuvo muchos problemas para ser editada y que fue prohibida durante décadas en España.
Para intentar demostrar los hechos, Olagüe utiliza muchos argumentos que van confluyendo, como en un discurrir inevitable, hasta dar luz a la historia y desbaratar, aparentemente, la leyenda. Los argumentos empleados son muy variados y dan una gran sensación de equilibrio histórico a la investigación: el cambio climático, las hambrunas, las diferentes formas de entender el cristianismo en el mundo preislámico, el concepto de idea-fuerza, la religión como factor de poder en manos de los reyes y de los obispos de turno, la falta de conciencia de que el Islam era una religión nueva, sino más bien una variante del cristianismo unitario, la descomposición social del momento, las manifestaciones artísticas, etc.
A mi juicio, y creo que muchos, musulmanes o no, comparten mi opinión, nunca ha sido bien valorado este periodo histórico, no sólo como una parte esencial de nuestra historia, sino como una de las más brillantes. Especialmente desde el punto de vista cultural, que no es poco. Pienso que nunca hubo, ni antes ni después, tantas luces como las habidas en aquella época del Islam hispánico que sacó a nuestro país de la oscuridad y los miedos de la edad media, mientras el resto de Europa permanecía sumergida en ellos durante siglos hasta el renacimiento.
En realidad, cuando Ignacio Olagüe comenzó su investigación, tampoco creía que lo que iba a estudiar era un momento especialmente diferente de lo que se afirmaba, y aún hoy se afirma, en los estudios de la historia más académica. No pensaba en absoluto realizar una investigación tan crítica de aquel fundamental, apasionante y extenso capítulo de la historia de España, si no fuera porque hizo algún pequeño “ descubrimiento ” que le llevó a pensar que si tenía que ser consecuente con lo que había destapado, esto le obligaría, como poco, a replantearse hechos fundamentales que podrían cambiar la visión tradicional de este periodo y especialmente de sus primeros siglos.
En una visita a la Mezquita de Córdoba, Olagüe cae en la cuenta de que ya en el siglo XIX arqueólogos españoles que restauraban iglesias perdidas descubrieron que una iglesia de Baños de Cerrato en Venta de Baños que había sido dedicada a san Juan Bautista y que fue construida por Recesvinto en 661, mucho antes de la pretendida invasión árabe de 711 “... poseía soberbios arcos de herradura. Pronto se los encontró por toda la península, algunos tan bellos como los cordobeses y ... no eran musulmanes. Se los ha hallado hasta en Francia, a orillas del Loira, que de acuerdo con la tradición jamás alcanzaron los árabes. En fin, se averiguaba en nuestros días que habían existido arcos de herradura en fechas anteriores a nuestra evolución desde aquellos tiempos remotos hasta su magna florescencia bajo los califas cordobeses.

Uno de los mitos de la historia occidental se venía abajo. El arco de herradura, cuyas curvas inverosímiles habían permitido las más extraordinarias extravagancias, no había sido traído de Oriente por los árabes invasores ...
El libro comienza avisándonos de una “sospecha”, un indicio que inevitablemente genera una pregunta, un “por qué” y este es el que se produce cuando el investigador advierte que existe un silencio documental de doscientos años en lo que hace referencia a la teórica invasión. Cuando este silencio desaparece, no lo hace de la mano de unas crónicas fiables sino de relatos fabulosos bereberes de los siglos X y XI y los árabes posteriores en el lado musulmán; del lado cristiano es en el Siglo IX cuando aparecen relatos “maravillosos”. No es hasta siglo y medio después de la pretendida invasión, en el momento en que los cristianos trinitarios comienzan a tener conciencia de que la general conversión al Islam de los españoles unitarios representa una amenaza para sus intereses, cuando aparecen estas crónicas fabulosas que vienen como anillo al dedo para crear el mito necesario. En el otro lado sucede algo parecido, sólo que es a partir de la invasión Almorávide cuando se revisan estos relatos y se calcan de las fábulas épicas de la también supuesta conquista de Egipto por las “gloriosas” tropas árabes, para coincidir en la necesidad de la leyenda. En este caso el objetivo era fundamentar la legitimación del emirato o del califato en el que su más alto dignatario tenía que descender “imperiosamente” del Profeta a través de una línea muy directa, la dinastía Omeya, aprovechando para ello la leyenda que cuenta la llegada a Hispania del único miembro de los Omeyas que se libró del asesinato por parte de la nueva dinastía reinante, los Abbasies.
Época fecunda para el novelador y el poeta, pero que es una laguna en los anales de la península», escribía Dozy en sus Recherches; pues, «desde el reinado de Vamba hasta el de Alfonso III de León, ni los cristianos del Norte, ni los árabes y mozárabes del Mediodía escribieron nada que conozcamos»” (Saavedra).
Durante diez siglos, nos dice Louis Bréhier, historiador renombrado del Imperio Bizantino, de Procopio (siglo V) a Phrantzes (siglo XV) con la ayuda de una serie de crónicas, de historias políticas, de biografías, de memorias conservadas en numerosos y excelentes códices, nada ignoramos de la historia de Bizancio. Cada siglo ha producido una crónica y un historiador. Sólo existe un vacío desde el fin del siglo VII hasta el principio del IX, período de las invasiones árabes y de las luchas iconoclastas. Se han perdido las crónicas de esta época, pero nos dan obras posteriores la substancia de los acontecimientos”.
"La batalla de Covadonga es un puro mito", señala Gibson.
Aquellos musulmanes eran tan españoles como los cristianos, llevaban aquí casi mil años.
Andalusíes - 23/12/2006, Redacción Webislam
Ian Gibson
En una entrevista concedida el pasado 17 de diciembre a Rafael Sarralde, del periódico asturiano La Nueva España, el conocido historiador y autor británico Ian Gibson ha señalado que en España continúan existiendo desgraciadamente mitos sobre la esencia de España y que las nuevas investigaciones historiográficas discrepan radicalmente con estos mitos oficiales que se han enseñado en las escuelas y universidades durante mucho tiempo. Entre estos mitos Gibson cita la Batalla de Covadonga: "No hablo de mitos. No es mi tema de investigación. Y Covadonga, como Santiago, es puro mito. Aunque no soy historiador profesional, tengo mis ideas y abogo por la España mestiza, como Américo Castro. La España auténtica es la de la mezcla de culturas, genes y religiones”, señala Gibson.
Con respecto a Al Andalus , Gibson señala que “los españoles tuvieron una civilización única en el mundo y han pasado por encima de ella. Me parece alucinante que teniendo un idioma con 4.000 palabras árabes en su léxico no se enseñen ni los rudimentos más básicos del árabe en la escuela. ¿Por qué? ... Cuando alguien dice que los musulmanes no eran españoles y que había que echarlos de la Península estás oyendo el punto de vista de un dogmático porque aquellos musulmanes eran tan españoles como los cristianos. Llevaban aquí casi mil años”.
Entre las causas de esta negación del pasado, Gibson cita la actitud de algunos sectores ultraconservadores de la Iglesia Católica: “Existe una negación profunda del pasado. Aquí hemos tenido una Iglesia rancia y dogmática. Cañizares y Rouco son muy fachas. Yo aprecio más el talante y el discurso de Ricardo Blázquez. ¿Por qué la Iglesia no puede ser más afable y menos agresiva?”.
González Ferrín niega la invasión islámica del año 711 en "Historia general de Al Ándalus"

"Hubo una España de una sola cultura con tres religiones", afirma el arabista
Santiago Belausteguigoitia - Fuente: Webislam, 21/11/2006
Emilio González Ferrín
Emilio González Ferrín niega que hubiera invasión islámica en 711 en su libro Historia general de Al Ándalus, que ha publicado recientemente Almuzara: "No hubo invasión islámica en la península Ibérica. En el año 711 no estaban codificados ni el Corán ni ninguna tradición islámica", afirma González Ferrín, que dirige el Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla. "A la lengua árabe le faltaban 100 años para ser una lengua internacional. Quien quiera que entrase en la península Ibérica ni era musulmán ni hablaba árabe", resume el autor.
González Ferrín abordó la escritura de este libro de más de 600 páginas porque "era una cuestión de justicia. ¡Hay tanta morralla sobre la interpretación de lo árabe! Desde la especialidad había que hacer una obra divulgativa", comenta el autor, que ha sido profesor invitado en las universidades de El Cairo, Ammán y Damasco.
"Desde 711 hasta 756 son años de guerra civil. Hubo una cantonalización de la península. El norte va por un lado; Levante, por otro; Portugal, por otro. España sufre una hambruna y una guerra civil generalizada a la que se incorporan tropas del norte de África que no son árabes ni bereberes, sino púnicos, visigodos, vándalos y bizantinos", relata el autor. "En esta guerra civil, grosso modo, los contendientes son los partidarios de (los reyes visigodos) Witiza y Rodrigo. Los hijos de Witiza mantienen el control en las ciudades", explica González Ferrín.
El libro niega la invasión islámica y niega también la Reconquista. "Ya decía Ortega y Gasset que una Reconquista que dura 800 años es demasiado larga para llamarla Reconquista. La historia no avanza a telonazos. Si no hubo una conquista, ¿dónde queda Al-Ándalus? Al-Ándalus es un primer renacimiento europeo, es un producto genuinamente europeo. En el siglo XIII, Averroes es prohibido en la Sorbona, en París, no en El Cairo, donde no se le leía. Todos los que llamamos judíos andalusíes escribían en árabe", añade González Ferrín.
"Al-Ándalus se filtra y esa filtración produce elementos esenciales para el Renacimiento español. El erasmismo español es una filtración de Al-Ándalus. El erasmismo aboga por una menor formalidad litúrgica y más contenidos", comenta.
Complejo
"Hay una lectura contemporánea. Es que tenemos un complejo de ser españoles. La negación de Al-Ándalus es un componente más de nuestro complejo de ser españoles", señala el arabista. "A partir del año 1000, con el ’Libro del Apocalipsis’ del Beato de Liébana y el descubrimiento de los supuestos restos de Santiago, se empieza a generar una ideologización de la religión. La península se parte en dos con un espejo: hacia Oriente, la peregrinación a La Meca; y hacia Occidente, la peregrinación a Santiago. Se convierte la religión en ideología", dice González Ferrín.
"El libro sigue a Américo Castro en el sentido de que tenemos que habitar nuestra historia. No se entiende Al-Ándalus sin Valencia, Zaragoza y Toledo. Al-Ándalus es un primer renacimiento europeo, pero como está escrito en árabe, los europeos no lo reconocen como tal", añade.
González Ferrín elogia la fertilidad del debate entre los historiadores Sánchez Albornoz y Américo Castro. " Juan Goytisolo dijo que los españoles somos europeos en más por el hecho de llevar a Al-Ándalus en nuestras venas. La matización que hago a Américo Castro es que no hubo una España de tres culturas, sino que hubo una España de una sola cultura con tres religiones. Y esa cultura andalusí fue la cima de Europa ", dice el autor.
"Al-Ándalus viene del griego ’Atlantis’. Platón situó aquí la Atlántida. Lo mismo que Sefarad viene del ’Jardín de las Hespérides’. Al-Ándalus y Sefarad son los paraísos perdidos de la cultura grecolatina, no de mitos beduinos o árabes. El islam en el Medievo hereda a Roma. No la sustituye, sino que la hereda", concluye González Ferrín.
proyectopv.org - Fuente: RTV Continente (Chile) - 09/04/2005
Algunos historiadores cuestionan de forma creciente la versión tradicional católica según la cual el Islam se implantó violentamente en la península, después de una invasión árabe, en el año 711. Estos historiadores argumentan que el Islam ni se impuso ni era ajeno a los hispanos, que lo abrazaron libre y mayoritariamente. En realidad, la tesis de la imposición fue una "conspiración" promovida por la Iglesia con objeto de encubrir su derrota ante los cristianos unitarios, seguidores del arrianismo que predicó Prisciliano.
¿Ocurrió la historia tal y como nos la han contado? ¿Es posible que, en el siglo VIII de nuestra era, un ejército musulmán cruzara el estrecho de Gibraltar, derrotara a las tropas visigodas y avanzara victorioso hasta el punto de llegar a someter a casi todo el territorio peninsular? ¿Un puñado de bereberes pudo someter a 20 millones de hispanos durante varios siglos? En contra de esta hipótesis tenemos el hecho de que los documentos de la época no contienen referencias a aquella terrible invasión que, de ser cierta, habría supuesto para los peninsulares todos los males imaginables. Las primeras noticias no aparecen hasta las crónicas latinas y musulmanas del siglo IX, a seis generaciones (ciento cincuenta años) de los hechos que se relatan, cuando el Islam estaba ya firmemente arraigado en la península.
Algunos investigadores, tras que los cristianos omitían consignar cualquier aspecto de lo que estaba sucediendo en su suelo, concluyen que el mito ha pervivido, contra toda lógica, porque a los católicos les ha interesado mantenerlo, porque encubría ante su propio pueblo lo que en realidad fue su fracaso social y religioso.
Se celebran actos en conmemoración del desembarco musulmán en España
En la ciudad de Tarifa continúan organizándose los actos en recuerdo del XIII centenario del desembarco de Tarif ibn Mallik
Lo leí en este blog:

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